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‘Apartadero Goya’ de Fernando Lalana

Hola, zagales.

Pasaba por aquí y he pensado contaros una historia de vuestro barrio pero más antigua que vuestro barrio; de cuando aquí no había casas ni coches ni tiendas y no pasaba el tranvía. ¡Ojo! No pasaba el tranvía, pero sí pasaba el tren. Precisamente ahí cerca, justo donde está la parada de Parque Goya, hace muchos, muchos años, había un apartadero ferroviario. Lo usaban trenes militares que venían de Madrid, cargados con tanques de la Brunete. Los soldados bajaban los tanques y se iban con ellos a pegar cañonazos por San Gregorio.

            Sin embargo, esta historia no es de tanques ni de militares. Es una historia navideña que me contó mi abuelo Vicente, maquinista del ferrocarril de Canfranc. Mi abuelo era alto como un abeto. Y cuando se ponía su gorra de maquinista, aún parecía más alto.

*Ilustración de IRU

Ocurrió en plena Navidad, a comienzos de un año que terminaba en siete. Conducía mi abuelo un tren de mercancías de regreso a Zaragoza cuando, a poco de pasar Turuñana, él y su fogonero, que se llamaba Lucas, vieron una cosa muy rara: un follón muy grande de personas disfrazadas y animales exóticos, en pleno monte, cerca de la vía.

–¿Qué es eso? –preguntó Lucas–. Parece un circo.

Al ver acercarse el tren, un tipo gordo y con barba les hizo señas, como pidiendo ayuda. Mi abuelo apretó los frenos y cerró el regulador. De inmediato, la locomotora, que se llamaba La Grande, se detuvo mansamente, resoplando vapor.

El hombre vestía muy elegante, como el portero del Gran Hotel.

–Muchas gracias por parar, señores. Soy el rey Gaspar, de Oriente.

–Vicente Josa, de Muel –respondió mi abuelo–. No le doy la mano porque mancho. ¿Qué ocurre, majestad?

–Que uno de los camellos se ha torcido una pata y no puede andar. Aquí llevamos más de dos horas tirados y sin saber qué hacer. Tendríamos que llegar a Zaragoza la noche de pasado mañana, que es noche de Reyes, pero lo veo difícil.

Mi abuelo era ingenioso y decidido. Se rascó la barbilla y dijo:

–Se me ocurre una idea: ¿por qué no suben ustedes al tren? Venimos de descargar en la factoría de Sabiñánigo y vamos de vacío. Los podemos llevar hasta la estación del Arrabal.

El rey Gaspar torció el gesto.

–Muy amable, Vicente; pero si entramos en Zaragoza el tres de enero vamos a poner patas arriba las tradiciones navideñas. ¿No podéis dejarnos cerca de la ciudad, en algún lugar donde esperar hasta la noche del día cinco?

Mi abuelo se rascó la calva, por debajo de la gorra.

–¡Ya lo tengo! ¡El apartadero de los militares! En esta época, nunca vienen por aquí. ¡Hala! ¡Arriba todo el mundo!

Los pajes de los reyes cargaron en los vagones los regalos y los camellos. Luego, pajes y reyes subieron al furgón del jefe de tren, que se había quedado en Ayerbe para ver a su novia.

Mi abuelo hizo sonar tres veces el silbato.

–¡Vámonos, que tenemos que irnos! –gritó, según su costumbre.

Y así, dos horas más tarde, justo ahí, donde ahora para el tranvía, detuvo mi abuelo su tren y de él bajaron Melchor, Gaspar, Baltasar, sus doce pajes, los camellos y setenta toneladas de regalos. Sus majestades montaron el campamento donde ahora está la rotonda de la calle de La Fragua, que entonces no era más que monte pelado.

Cuando Lucas y mi abuelo iban a continuar su viaje, se les acercó de nuevo el rey Gaspar, con dos paquetes bajo el brazo.

–Os traigo vuestros regalos, por adelantado. Para Lucas, una olla exprés. Para ti, Vicente, una gorra nueva.

–¡Hombre! ¡Justo lo que habíamos pedido! ¡Qué bien!

–Pero tenéis que prometerme que no le contaréis esto a nadie hasta dentro de unos años, cuando aquí haya casas, tiendas y coches. Cuando esta historia real parezca tan solo… un cuento de navidad.

Lucas y mi abuelo lo prometieron. Luego, subieron a la cabina de La Grande y arrancaron a todo vapor.

Era una noche estrellada, a principios de un año acabado en siete.

Hacía un frío de mil demonios.

 

(Parque Goya II).