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‘Como un cuento de navidad’ de Sergio Lairla

En aquel entonces, Santa Isabel se parecía más a un pueblo que a un barrio; un grupo de casas bajas con una plaza grande y abierta donde mi amigo Paco y yo, con el bocadillo de la merienda en la mano, nos encontrábamos todas las tardes para jugar hasta que las luces de las farolas nos anunciaban que había que volver a casa. Esa plaza, tan simple y tan parecida a cualquier plaza, tenía algo que, a nuestros ojos, la hacía diferente de todas las plazas del mundo: era un mosaico de baldosas blancas en la fachada de una de sus cuatro esquinas en el que se leía «Nitrato de cal de Noruega» con un barco vikingo pintado en el centro. En medio de aquel barrio, tan lejos de todos los mares, aquel navío era como una puerta que se abría a otra dimensión. Paco y yo nos sentábamos en el banco, junto a esa esquina, y dejábamos que nuestra fantasía se perdiera en el óvalo azul que surcaba aquel barco; subíamos a su cubierta junto con esas quince figuras a las que casi les habíamos puesto nombre de tanto mirarlas y planeábamos los juegos que nos llevaban luego, de esquina a esquina de la plaza, durante toda la tarde.

            A ese mismo banco llegaba todos los días, justo al atardecer, un hombre recio, fuerte y muy alto, siempre embutido en un viejo abrigo marrón de ante, con una gran barba rubia, casi blanca, que se descolgaba sobre su pecho. Todos le llamaban el mendigo, aunque nunca le vimos pedir nada a nadie ni mendigar. Llegaba, se sentaba en el banco, y se nos quedaba mirando con una sonrisa leve; y Paco y yo nos íbamos de allí, más por un respeto extraño que por miedo. Cuando yo preguntaba a mi abuela por aquel hombre ella siempre respondía lo mismo: «Nadie sabe. Siempre ha estado por aquí».

 

*Ilustración de Bernal

Una tarde fría, en plenas navidades, un grupo de chavales decidimos ir, al salir de clase, a jugar al río con el hielo que había cubierto la orilla. Estábamos absortos patinando y rompiendo la capa blanca que se había formado sobre el agua cuando, de pronto, Paco se dio cuenta de que su hermano pequeño, que también había venido con el grupo, no estaba con nosotros. Lo buscamos durante horas por todas partes agobiados por no haberlo vigilado como era debido. Cuando, desesperados, decidimos avisar a los adultos, el barrio entero estuvo buscándolo, aguas abajo, durante toda la noche, empapados, bajo una niebla espesa y con un frío glacial. Pero todo fue inútil; no había ni rastro del pequeño.

Ya al amanecer, uno de esos vecinos que regresaban agotados a sus casas, vio al niño tumbado en el banco de la esquina de la plaza, dormido, envuelto en una manta y dentro de un viejo abrigo marrón de ante. Cuando le preguntaron, el niño contó que el hielo se había roto bajo sus pies y había caído al agua helada; que alguien lo había sacado del fondo del río y lo había envuelto con su abrigo… y ya no recordaba nada más.

Paco y yo sabíamos bien quién era el dueño de ese abrigo, aunque nunca volvimos a verlo. Aquel extraño suceso se instaló entre las leyendas del barrio como un cuento de navidad que a veces protagonizaban los ángeles, otras San José o el mismísimo Santa Klaus. Pero dejadme que hoy os cuente algo que nunca, ni Paco ni yo, habíamos contado a nadie.

Unos días más tarde, cuando llegué a la plaza, mi amigo Paco estaba sentado en el respaldo de nuestro banco, con los ojos muy abiertos mirando atónito el mosaico.

-¡Cuenta! -me dijo.

Cuando comprendí lo que quería decir me puse a contar las siluetas de los hombres que se dibujaban en el barco. Conté y reconté una y otra vez; pero, ante mi asombro, el resultado era siempre el mismo: ¡dieciséis! A las quince figuras, ahora, se les había sumado una más.

Hoy he vuelto a pasar por la plaza en busca de lo que pudiera quedar en ella de esos tiempos: quedan los árboles y las farolas, queda la fuente y queda el drakkar vikingo navegando en azules desde su esquina con todos los hombres en cubierta; esta mañana seguían siendo dieciséis.

 

(Santa Isabel, Plaza).