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‘El aparcamiento’ de Isabel Soria

Aquella Navidad Papá Noel iba de sobresalto en sobresalto. De camino a Zaragoza, Rodolfo, su querido reno guía, se había perdido varias veces. La niebla era tan espesa que no se veía ni la luz roja de su hocico. Tras mucho retraso, al fin llegaron pero ¡No podían aparcar!
 
Años atrás habían visto cómo crecía el barrio de la Romareda, cómo se construía la Feria de Muestras y después el estadio, el Hospital y los altos edificios de viviendas. Había un gran aparcamiento que les venía genial. Porque para traer tantos juguetes a Zaragoza se necesita un espacio grande donde poder dejar los renos y los trineos, que no son sólo cuatro, son centenares y desde allí los duendes ayudantes reparten los regalos a toda velocidad por el resto de la ciudad.
 
Aquel gran aparcamiento de la Romareda les venía fenomenal, ya que así, los primeros regalos eran para los niños del Hospital infantil. Después atendían a los pequeños que vivían en la Romareda y luego iban a otros barrios a la velocidad del rayo.
 
Pero aquel año estaba todo en obras y hubo que encontrar un aparcamiento. Optaron por meterse en el estadio de la Romareda y los duendes tuvieron que subir y bajar las gradas muchas veces y a toda velocidad. Acabaron rendidos de cansancio. Y además, casi no llegan: justo antes de la salida del sol dejaban los últimos regalos.
 
A los Reyes Magos con toda su comitiva de camellos y pajes, les pasó lo mismo. Y aunque estaban avisados e iban con refuerzos, los pajes se dieron una tremenda paliza subiendo y bajando el graderío para que los presentes llegaran a todas las casas. Los que se quedaron muy contentos fueron los camellos, que se comieron todo el césped del estadio: no dejaron ni una brizna.

*Ilustración de Óscar Sanmartín

Tal fue la paliza que a la Navidad siguiente, los pajes y los duendes se negaban a ir a Zaragoza.

¡Haremos una huelga! Decían. Menos mal que Melchor había escrito una carta a unos parientes lejanos que tenía en Zaragoza, preguntándoles por las obras de la Romareda. Y éstos le respondieron que al fin se habían terminado las obras y que se habían creado varias explanadas y plazas, entre ellas la de Miguel Merino. Un sitio muy recogido y además, con rampa.

Desde entonces trineos, renos, Papá Noel y sus duendes, camellos, pajes y los Reyes Magos reparten los juguetes desde la Plaza Miguel Merino. Y, aunque están un poco justos, es un sitio discreto, muy cerca del hospital y con rampa.

Por eso, las noches del 24 de diciembre y del 5 de enero, si se presta mucha atención se escuchan unos suaves cascabeles y alegres villancicos. Todo el mundo cree que salen del Auditorio o de la Sala Multiusos, pero no, qué va, salen de la Plaza Miguel Merino…

 

(Plaza Miguel Merino, Auditorio de Zaragoza).