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‘ El sueño de Samuel y el pavo relleno’ de Ana Alcolea

La noche anterior a la Nochebuena, Samuel había tenido un sueño muy raro. Tan raro como un coche volador, o como un dinosaurio azul, o como una mariposa parlanchina. En el sueño, Samuel estaba en una gran sala llena de columnas que parecían árboles de piedra y de ladrillos. De pronto, las columnas se empezaban a mover y lo perseguían hasta que lograba llegar a una puerta tras la que estaba el parque al que iba casi todas las tardes.

«Vaya sueño raro», pensó. Abrió los ojos y allí estaba su madre, sonriente como siempre.

-Esta mañana iremos a jugar al parque.

Desayunaron, salieron de casa y enseguida llegaron al parque Pignatelli.  Samuel recordó su sueño cuando pasaron junto a un portón de forja en el que apenas se había fijado antes. Era igual que el del sueño.

-Mamá, esta noche he soñado con esa puerta.

-Hoy está abierta, así que podemos entrar.

La entrada estaba oscura. Samuel temía que al otro lado de la oscuridad pudieran pasar cosas terribles, como que se los comiera un dragón, o que se perdieran en un laberinto y jamás pudieran regresar a casa.

-Mamá, tengo frío.

-Pues te aguantas, que no es para tanto.

Pero Samuel pensaba que sí era para tanto y para más. Se le estaba congelando la moquita: dos estalagtitas se habían quedado inmóviles en los agujeros de la nariz mientras su madre le explicaba que aquel lugar había sido el depósito de agua de la ciudad durante muchos años. Samuel empezó a andar alrededor de las columnas. 

*Ilustración de Xcar Malavida

Estaban formadas por piedras cuadradas que llegaban hasta el techo donde formaban arcos cruzados que imitaban a las copas de los árboles. «Es igual que en mi sueño. Ahora se empezarán a mover y me perseguirán», pensó Samuel mientras miraba el techo. Se sentía como una hormiga a punto de ser pisoteada por la zarpa de un león. Echó a correr, pero no sabía hacia dónde ir. Corría entre los arcos, pero siempre llegaba al mismo sitio. No veía ni oía a su madre.

– Mamá, ¿dónde estás?

– …MAAAAA, …NDEEEEE, …STASSSSS -le contestaba el eco, que parecía traer sonidos apresados entre aquellas paredes desde hacía más de cien años.

Samuel pensó que se quedaría allí atrapado, y que no llegaría a tiempo para la cena de Nochebuena. Imaginó la mesa decorada con los candelabros de plata que los abuelos les habían regalado a sus padres cuando se casaron, el mantel con dibujos de duendes y de flores de pascua, las copas de cristal fino que solo su padre se atrevía a fregar. Todos sentados alrededor, mamá, que esa Navidad libraba de su trabajo de enfermera en el hospital;  papá, que llevaba seis meses en el paro y había alquilado un huerto urbano junto al río;  su hermana mayor que llegaría a mediodía desde París, donde estaba estudiando; el abuelo Eduardo, sordo como una tapia; la abuela Eloisa,  empalagosa como un caramelo de fresa; la abuela Milagros, que siempre criticaba que la carne no estaba en su punto; y el abuelo Paco, que le pellizcaba el moflete hasta ponérselo rojo. A veces le parecía que aquella reunión era un fastidio, pero pensar que se la iba a perder por no encontrar el camino de vuelta en medio de aquel bosque de piedra aún lo fastidiaba más. Quería estar allí y comer el pavo relleno, aunque estuviera seco como siempre. Y aunque odiara la salsa de ciruelas, zanahorias, manzanas y cebolla que siempre acompañaba al pobre animal en su bandeja.

Cerró los ojos lo más fuerte que pudo y pidió salir de allí.

Cuando los abrió, vio que estaba en su habitación, y que al lado de su cama lo miraba su madre con una sonrisa de oreja a oreja.

– Esta mañana iremos a jugar al parque
 

Samuel dio un bote en la cama.

– ¡No, mamá. Al parque no! Mejor nos quedamos en casa. Te prometo que te ayudaré a rellenar el pavo.