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‘El último tranvía’ de Miguel Mena

Hace algún tiempo, allá por el año Chiquicientos, entre la era Cuaternaria y la era Catenaria, los tranvías que pasaban por aquí en vez de llevar un número iban por orden alfabético.

Cada cual tenía su nombre.

Estaba por ejemplo el tranvía Elías, que iba de los primeros y lo proclamaba por sus altavoces: “¡Soy un adelantado!”, decía, “¡Soy el profeta de los tranvías!”

Estaba la tranvía Estefanía, que era muy estricta y obligaba a todos a guardar la línea: “¡El que salga de la línea, descarrila!”, advertía con severidad.

Luego estaba la tranvía María, que era todo lo contrario, porque era muy dulce y para acceder a ella no exigía un billete sino una galleta. “¡Una galleta, María!”, gritaba la gente a su paso.

No podemos olvidarnos del tranvía Matías, que era un poco agonías y siempre repetía: “¡Llego tarde, llego tarde! ¡La cosa está que arde porque llego tarde!”

También estaba la tranvía Rosalía, que circulaba siempre con mucho ritmo: “¡Tra, tra, venga vamos, Tra, tra”, se animaba a sí misma Rosalía.

Y así hasta llegar al tranvía Zacarías, que a menudo repetía: “Qué mala suerte la mía, ser siempre el último tranvía”.

Lo de ser el último le dolía especialmente en Nochebuena, porque cuando atravesaba la ciudad ya no quedaba nadie por la calle. Todo el mundo estaba en sus casas y él circulaba vacío y en silencio.

*Ilustración de Mamén Marcén

Pasaba todo melancólico por la plaza de España y pensaba: “¡Cuánto me gustaría transitar por aquí viendo movimiento y mucha alegría”.

Pero la suerte de Zacarías iba a cambiar en esa Navidad, porque a veces los últimos son los primeros.

Y sucedió que el día de Nochevieja Zacarías salió como siempre el último, pero justo al llegar a la plaza de España sonaron las campanadas en el reloj de la Diputación y con ellas se avisó de que acababa el peor año de los últimos tiempos, el año en que habían estado prohibidos los abrazos.

Y entonces toda la gente que viajaba con Zacarías, y todos lo que estaban por la calle alrededor, que hasta entonces iban en silencio, muy serios y cariacontecidos, se lanzaron a abrazarse unos con otros. 

Se produjo un auténtico terremoto de abrazos. Abrazar no es abrasar, pero también puede suscitar chispas y llamaradas. Y al abrazarse, las personas se fundían unas con otras. De repente, la energía liberada por tantos abrazos reprimidos encendió todas las luces y provocó un calor tan intenso que derritió la frialdad de los últimos tiempos. Derritió la angustia y la seriedad, derritió los corazones y en el caso de Zacarías derritió sus ruedas y los raíles.

Y se quedó allí, pegadito, anclado en plena plaza de España.

Y entonces decidieron que permaneciera en este lugar para siempre.

Que en vez de ser el último tranvía, Zacarías sería en adelante un vagón restaurante en las terrazas de Puerta Cinegia.

Para que todo el mundo recordara lo bueno que es abrazarse y lo rico que sabe todo cuando hay salud y
hay amor.

Y en el tranvía-restaurante Zacarías fueron todos felices y comieron maíces o comieron perdices, eso ya dependiendo de los gustos de cada cual.

Y colorín, colorado, este cuento ha terminado. O mejor dicho, colorín, colorete… ¡coge el tranvía y vete!

 

(Plaza España, Puerta Cinegia).