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‘La plaza soñada’ de Soledad Puértolas

Iba por la calle de la mano de su padre. Había mucha niebla, pero la mano de su padre le daba calor y seguridad. Se habían detenido ante un portal. Su padre había dicho: “Espérame un momento. No te muevas de aquí.” Después, el padre había empujado la puerta y había desaparecido. Dorita se había quedado allí, bajo el dintel, pegada al frío muro, asombrada de estar sola en medio del mundo.

La niebla era tan espesa que no permitía ver si por ahí había otras casas y otras personas. Dorita miró y miró y de pronto vislumbró unas luces. No blancas ni amarillentas, sino de colores vivos, rojo, azul, verde, naranja, morado. Parpadeaban y lanzaban destellos, ¿qué sería eso? Repentinamente, la niebla se disolvió. Dorita vio que, justo delante de ella, había unos arbustos y que, por encima de ellos, sobre un roca, rodeada de unos árboles frondosos, una mujer bellísima, una especie de ángel, la estaba mirando. Sonreía y decía palabras que Dorita no podía entender.

En ese momento, tuvo algo de miedo. Otra vez había vuelto la niebla. Las luces seguían ahí, sobre su cabeza, pero el seto de arbustos, la roca, los altos árboles y el ángel habían desaparecido. Retrocedió unos pasos, pero en lugar del hueco de la puerta donde antes había estado cobijada, se encontró con una verja. Se quitó los guantes de lana para tocarla. Era real. Al otro lado, había un pequeño jardín y luego una casa muy grande, cuya puerta estaba abierta. En el interior de la casa había mucha luz. Luego, empezó a salir gente. Hombres, en su mayoría. Hablaban entre ellos animadamente y se palmeaban las espaldas. Al pasar a su lado, uno de ellos le acarició la cabeza. Nadie parecía extrañarse de que estuviera en aquel lugar, de noche, con frío, y sola, siendo tan pequeña.

 

*Ilustración de Elisa Arguilé

La puerta de la casa se cerró y Dorita, pegada a la verja, siguió andando, en busca del portal en el que había desaparecido su padre. Vio a otra niña que venía andando en dirección contraria. Dorita no la conocía de nada, pero la niña la miraba como si ella sí la conociera. Como si fuera amiga suya. Entonces surgió su padre, con la cara resplandeciente, feliz. La niña se había ido.

El padre tomó a Dorita de la mano. Atravesaron un maravilloso jardín. Las luces de colores se derramaban sobre los árboles, los setos, los bancos en los que había gente sentada. No tenían frío. Estaban bien abrigados. Hablaban alto, se reían, tarareaban canciones, ¡qué lugar tan alegre!

Quizá se tratara de un sueño, con sus ratos de miedo y sus ratos de felicidad. Dorita se lo preguntó a su padre muchas veces, ¿dónde habían estado aquella noche? ¿qué plaza, qué jardín era ese? El padre dio nombres, pero Dorita nunca volvió a estar en aquella plaza. Pasado el tiempo, había recorrido la ciudad en su busca. Podría tratarse de esta plaza, se decía. Aquí hay casas rodeadas de pequeños jardines, casas en las que no vive nadie pero a las que va mucha gente para preguntar cosas o firmar papeles. Pero luego dudaba. La ilusión, eso era lo que de verdad buscaba. Lo que pedía, año tras año, cuando vislumbraba una noche como aquella, tan lejana, tan llena de luces y sorpresas, tan incomprensible y hermosa.

 

(Plaza Aragón).