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‘La sonrisa perdida’ de Daniel Tejero

Iris era una niña normal y corriente, pero aquella fría mañana de Navidad, andaba inquieta por las calles de Zaragoza, justo a la altura de la puerta de la majestuosa iglesia de la Magdalena. No era de extrañar, pues había perdido una de las cosas más valiosas de su vida: la sonrisa.
 
Recordaba haberla buscado bajo la cama de su habitación -donde habitan los sueños más espeluznantes-al mismo tiempo que protestaba por tener que lavarse la cara.
 
Trató de hallarla en cada cajón de su casa -allí donde escondía los secretos más ocultos- mientras se burlaba de su hermano pequeño.
 
Revolvió montones de ropa -aquella con la que formaba grandes montañas imaginarias-a la vez que mentía a su papá para no ayudarle a preparar el desayuno.
 
Pero nada, no la encontraba por ningún lado. Entonces cayó en la cuenta: ¿Y si la había perdido mientras brincaba por las calles como una rana, jugaba como una peonza y cantaba como un gato afónico?
 
Iris anduvo preocupada. Ni siquiera el aroma que desprendía una tienda cercana de la que brotaban sin parar barras de pan con las puntas como gorros de bruja, le reconfortaba. Ojeaba con envidia al resto de niños que se cruzaba por el camino. Todos ellos lucían una brillante sonrisa. ¿Por qué ella no tenía la suya?
 

Le preguntó a una ancianita que arrastraba un carro repleto de comida: “¿Ha visto mi sonrisa?”, pero la ignoró creyendo que estaba loca. Detuvo a un perrito glotón que perseguía a un esquivo grupo de palomas: “¿Te has comido tú mi sonrisa?”, pero el ladrido del perro lo negó. Incluso alzó la vista a la preciosa torre mudéjar y gritó muy fuerte: 

*Ilustración de Sara JB

“¿Alguien ha encontrado una sonrisa perdida allí en lo alto?”, pero las campanas repicaron ignorantes.

Finalmente, Iris apoyó la espalda en un muroy lloró formando diminutos ríos de tristeza. “Nunca más volveré a sonreír”, pensó afligida.

—¿Por qué lloras, pequeña?
La niña dio un respingo asustada.
—¿Quién me habla? —preguntó mirando a su alrededor.
—Aquí arriba, en la pared…

Entonces se fijó en el fantástico mural pintado sobre la fachada de aquella vieja casa. Aparecía dibujada la antigua puerta de Valencia y delante de ella, unas curiosas personas que la saludaban alegremente. Iris se restregó los ojos.

—¿Sois de verdad?
La mujer vestida de rojo estiró su brazo y atrajo a la niña hasta la pintura, introduciéndola en aquel inusitado mundo de colores. La ropa de Iris, completamente blanca, se humedeció de tinta y de repente, la ciudad se transformóen un hermoso lienzo teñido de múltiples tonalidades.
—¿Qué te ocurre? –—murmuró el hombre que tenía a su lado—.Pareces triste.
—He perdido mi sonrisa…
—¿Cómo es posible? —musitaron dos monjas que caminaban al otro lado de la puerta.

Iris bajó la mirada avergonzada y comenzó a formar círculos con la punta de su zapato.La señora de rojo se acercó a la niña y le entregó un pequeño espejo nacarado.

—Estabas enfadada, te has burlado de tu hermano y has mentido a tu papá —comentó la mujer acariciando su rizado pelo moreno—.Te habías vuelto egoísta y ni siquiera apreciabas el hecho de que estuviésemos en Navidad. No habías perdido tu sonrisa… la habías olvidado.
—¿Dónde? —preguntó Iris.
—En lo más profundo de tu corazón.
La niña se vio reflejada en el espejo y descubrió asombrada una enorme sonrisa que rasgaba su rostro de punta a punta.
—Todas las personas que ves aquí pintadas perdimos la sonrisa alguna vez por envidias, egoísmo, rencores… —susurró la mujer de rojo—. Ahora somos el reflejopara todas aquellas personas que no aprecian la belleza de la vida. Y tú, también lo serás…

Y así fue como Iris recuperó su sonrisa y nunca más la volvería a perder. Cada vez que se sentía triste o malhumorada, cogía aquel espejito y se quedaba embobada admirando la pureza de aquella sonrisa infantil.

¿Te cuento un secreto? Si tienes la suerte de pasear por la plaza de la Magdalena en plenas navidades, tal vez, sólo tal vez… una de esas figuras pintadas sobre la paredte salude cariñosamente y te cuente esta historia. Especialmente, una niña vestida de blanco que se llama Iris y que está dispuesta a regalarte una sonrisa que brilla tanto como un mar de estrellas en noche de verano…

 

(Plaza de la Magdalena).