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‘La tronca de navidad’ de África Vázquez

La historia que os voy a contar sucedió la Navidad pasada, o quizá la anterior, aquí, en Zaragoza, en la Plaza Mayor de San José. Su protagonista, Rafa, era un niño de ocho años que estaba esperando a que se reuniese toda su familia para ir a comer a casa de los abuelos. ¡Estaba muy ilusionado! Además, había visto que sus padres llevaban en el coche un montón de paquetes envueltos en papel de colores, lo que le hacía pensar que iba a recibir bastantes regalos.

Como los tíos y primos de Rafa todavía no habían llegado, sus padres y abuelos se quedaron hablando en uno de los bancos de la plaza. Entonces Rafa vio que había una niña junto a la fuente y se acercó a ella, confiando en que le apeteciese jugar un rato.

—¡Hola! —saludó Rafa, y se fijó en que la niña estaba sentada delante de lo que parecía un tronco caído—. ¿Qué estás haciendo?

La niña se volvió hacia él.

—¡Hola! Estoy intentando pedirle regalos a la Tronca de Navidad.

Rafa se sentó al lado de la niña, que le dijo que se llamaba Ana y le explicó que la Tronca de Navidad era un tronco mágico que concedía deseos, pero que aquella, por alguna razón, no funcionaba.

—Le estoy pidiendo muchas cosas, pero no me da ninguna —dijo Ana y, a continuación, se dirigió a la Tronca—: ¡Quiero un balón!

No sucedió nada. Rafa decidió probar suerte:

*Ilustración de Josema Carrasco

—¡Quiero otro libro de cuentos!

Tampoco esta vez la Tronca reaccionó.

—¡Quiero una bici! —insistió Ana.

—¡Quiero una caja de pinturas! —exclamó Rafa.

Entonces Ana dijo algo de lo más extraño:

—¡Quiero unos zapatos!

—¿Unos zapatos? —Rafa la miró con sorpresa.

—Sí, es que los míos ya están muy gastados. —Ana señaló sus propios pies.

Por primera vez, Rafa se dio cuenta de que Ana iba limpia, pero su
ropa parecía muy vieja y sus zapatos estaban destrozados. Notó una
sensación rara en el estómago, parecida a la tristeza, y volvió a
contemplar la Tronca de Navidad, a la que él había pedido un montón de
cosas que probablemente iba a regalarle su familia ese mismo día y que,
desde luego, no necesitaba tanto como los zapatos que llevaba puestos.

Tuvo una idea:

—¡Quiero unos zapatos para Ana! —le pidió a la Tronca.

Y, con un «¡plop!» que sonó como una botella descorchándose, un par de zapatos nuevos aparecieron frente a la niña.

—¡Guau! —Ella aplaudió, emocionada—. ¿De verdad puedo quedármelos, Rafa?

—¡Claro! —Rafa, que también estaba entusiasmado, añadió dos cosas a su lista de deseos—: ¡Quiero una bici y un balón para Ana!

Se oyeron dos «¡plop!» más, y los regalos aparecieron.

—¡Tenías razón, la Tronca es mágica! —Rafa rio, encantado—. Es sólo
que no puedes pedirle regalos para ti, tienen que ser para los demás.

La niña le sonrió y, acto seguido, ella también pidió algo:

—¡Quiero que Rafa pase la mejor Navidad de su vida!

Rafa pensó que aquel era un deseo muy bonito. Cuando iba a decírselo a Ana, oyó que su madre lo llamaba:

—¡Rafa! ¡Tus tíos y tus primos ya están aquí!

Rafa se giró hacia su nueva amiga, deseoso de presentarle a su
familia, pero entonces descubrió que ¡tanto Ana como la Tronca de
Navidad habían desaparecido!

Intrigado, Rafa volvió junto a sus padres, que no parecían haber
visto a la niña en ningún momento. ¡Qué extraño! Aunque Rafa estaba un
poco preocupado por su amiga, pronto se puso a jugar con sus primos y
olvidó lo sucedido en la plaza.

Pero la magia no se olvidó de él y, tal y como Ana había deseado,
Rafa pasó la mejor Navidad de su vida. Y es que los niños más generosos
suelen ser también los más felices.

 

(Plaza Mayor de San José).