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‘Nubosidad variable’ de Pepe Serrano

Hacía una mañana perfecta para pasear. Así lo dijo mi padre justo antes de salir de casa. Y era verdad. El cielo estaba azul, brillaba un espléndido sol amarillo pálido y no hacía cierzo, cosa rara en esta ciudad y en esas fechas. Acababan de comenzar las vacaciones de Navidad.

Era algo temprano. A mi padre le gusta mucho madrugar. A mi madre no, por eso se había quedado remoloneando en la cama.

Las calles se encontraban medio desiertas. En algunas ventanas se veían luces de colores y de varios balcones colgaban figuras de Reyes Magos que parecían trepar por las fachadas de ladrillo marrón.

Callejeamos, doblamos una esquina, otra, enfilamos la avenida y enseguida llegamos al parque.

Una señora paseaba a un perro vestido con un jersey estampado de copos de nieve.

–Guau –nos dijo al pasar a nuestro lado, el perro. La mujer no dijo nada.

–Papá, ¿por qué nosotros no tenemos perro?

–Soy alérgico a su pelo, ya lo sabes.

–¿Y no hay perros calvos?

–Qué cosas tienes, hija. Cómo va a haber perros calvos.

–Pues gatos sí que hay.

–Y tíos también. Tu tío, por ejemplo, es calvo. Y es mucho mejor que un perro. Además no hay que sacarlo a que haga sus necesidades tres veces al día…

*Ilustración de Daniel Foronda

Esto lo he heredado yo, lo de no parar de hablar, lo de dar vueltas y vueltas a las cosas, lo de irme por las ramas… Y hablando de ramas, volvamos a los árboles del parque.

Continuamos el paseo hasta llegar a mi lugar preferido: el Palacio de la Aljafería. Me gustan sus arcos, sus torreones, el foso… el… el todo; me encanta todo.

–Fíjate –me dijo mi padre.

Seguí la dirección que indicaba su dedo. Apuntaba al cielo. Allí, una nube. Solitaria. Justo sobre el Palacio.

Me quedé mirando embelesada la nube. Fue descendiendo, metro a metro, hasta que acabó por cubrir el Palacio por completo. Era una niebla repentina y selectiva, pues el resto del parque seguía despejado.

En ese momento la nube se estiró, se giro, se dobló, se transformó… y ante nuestros ojos apareció algo muy parecido a la Torre Eiffel. En niebla, eso sí.

–¡Toma! –exclamó mi padre.

Apenas duró un minuto y otra vez la nube volvió a estirarse, girarse, doblarse… Seguía cubriendo el Palacio, pero ahora su cresta se había transformado en la silueta del Taj Mahal.

–¡Y toma! –exclamé yo.

A partir de ahí, aparecieron, en este orden: la Torre inclinada de Pisa, la Ópera de Sidney, el Coliseo de Roma, la Torre del Big Ben, el Palacio de Versalles, la Basílica de San Pedro y la Puerta de Brandenburgo.

Acabada su exhibición volvió a recuperar su forma.

Y entonces comenzó a avanzar hacia donde estábamos. Rápidamente se nos echó encima. Parecía que quisiera despedirse de nosotros. Quedamos envueltos en aquel extraño abrazo. Poco a poco todo volvió a la normalidad, la nube se elevó y siguió su camino, cielo a través.

La Aljafería volvía a lucir imponente.

–Cuando se lo contemos a mamá no se lo va a creer.

–Ya te digo. Menudo fenómeno meteorológico –dije.

–Fenómeno metereoilógico, diría yo –corrigió mi padre.

Y comenzamos a andar de vuelta a casa.

–Papá, ¿sabes qué?

–¿Qué?

–Que después de haber visto todos esos monumentos tan importantes, tan elegantes y tan… flipantes… No cambio la Aljafería por ninguno.

–¿Ni por un perro calvo?

–Qué cosas tienes, papá. Por cierto, ¿desde cuándo tienes bigote?

Mi padre se llevó la mano a la cara y se palpó el labio superior. Con sus dedos índice y pulgar atrapó un breve girón de niebla.

Lo sostuvo un instante, sopló suavemente sobre él y lo hizo desaparecer.

 

(Parque de la Aljafería, Quiosco).