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‘Papá sorpresa’ de Daniel Nesquens

Me gusta mucho este mural que tengo enfrente. Es muy colorido. Podría contar los colores que rellenan las figuras, pero no me apetece. Seguro que están todos los del arcoíris. Incluso el gris perla que tanto le gusta a mi abuelo. Igual es expresionista, el mural digo. O futurista. O algo.

La gente camina por delante, pero nadie levanta la cabeza para observarlo. Hacen mal. El mural está en la entrada de un centro comercial de esos en que la gente entra, sale, compra, no compra…. Creo que venden de todo. Aunque yo una vez quise comprar una escoba de bruja y no tenían. Igual las habían agotado. Cualquiera sabe. Por no salir con las manos vacías me puse los guantes, y es que hacía mucho frío.

Ahora también estamos en invierno. Al año le quedan menos días que dedos tiene una mano.

Estoy esperando a que llegue mi padre. Mi madre me acompaña, pero no abre la boca. Bueno, tampoco lo podría jurar ya que lleva una de esas mascarillas que llevamos ahora por culpa del… Mi padre siempre llega tarde, por lo que sea. Si quieres que llegue pronto lo mejor es llegar tarde. Debería venir en el tranvía, pero es tan impredecible que igual se presenta vestido de Rey Mago en uno de esos patinetes eléctricos.

Mi madre consulta su reloj y cierra los ojos. Así es imposible ver el mural. Me gustaría pintar algo parecido en una de las paredes de mi habitación, pero no me dejarían. Seguro. No sé por qué hemos quedado aquí. Podríamos haber quedado allí.

La parada de taxis está repleta, ya no cabe ninguno más. Como venga otro tendría que ponerse encima de alguno de los ya aparcados.

 

*Ilustración de Blanca BK

-Siempre igual –dice mi madre.

-Siempre igual –digo.

-Imposible –dice girando la cabeza de un lado a otro, buscando a mi padre con la vista.

-Igual se ha confundido de lugar. ¿Por qué hemos quedado justo aquí? –pregunto. Pero no tengo respuesta. Mi madre se gira y da dos pasos hacia delante.

Es todo un misterio. Nosotros no somos de este barrio. Solo pasamos por aquí cuando vamos a casa de mi tío Antonio. Es el hermano de mi madre y vive ahí al lado, justo encima de una floristería. Para primavera, cuando abre las ventanas, se cuelan cientos de olores de las flores expuestas en la tienda.

La última visita que hicimos a mi tío, papá se adelantó unos minutos y le compró a mamá un ramo de peonías. Aunque igual eran jacintos. “¡Qué romántico!”, dijo mi madre y le estampó un beso en el que se le quedó marcado todo el carmín de los labios.

-¿Te has perdido, pequeño? –me preguntó una señora muy mayor que se encorvaba agarrada a un andador última generación.

No contesté. Le señalé con la mirada a mi madre que tecleaba su teléfono móvil. La anciana se tocó las gafas y no dijo nada. Se quedó clavada allí mismo, mirando cómo un taxi se detenía en mitad de la calle. Las luces intermitentes centellearon y dos figuras espectaculares salieron del interior. El de barba más frondosa se puso una corona que llevaba en la mano y ayudó al otro a salir. La capa se le enganchó con algo, tiró de ella y salió sin más. El taxista metió velocidad y desapareció calle arriba.

-El carbón. ¡Nos hemos olvidado el carbón! –dijo levantando la voz más de lo normal al llegar a la acera: La puerta del centro comercial se abrió sin decir ninguna palabra mágica, pero no entró nadie.

Y se pusieron a discutir.

Mi madre me cogió de la mano. Ni me miró. Cruzamos la calle. O casi. Me quedé clavado en medio del paso de cebra. Un señor rey en patinete pasó velozmente a medio metro de mí. La capa se agitaba como la de un superhéroe. La corona se ladeó unos grados sobre su cabeza. Me sonrió como me sonríe papá. ¡Papá!

El patinete se detuvo delante de las dos figuras y dejó un saco sobre los pies de uno de ellos. Sonrieron.

-Si no pesa –dijo el último en salir del taxi, echándose el saco a la espalda.

Y las tres figuras desaparecieron en el interior del centro comercial, sin levantar la cabeza, sin mirar aquel mural espectacular.

(GranCasa. Puerta Principal).