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‘Tres castañas y tres deseos’ de Marta Álvarez

Era una tarde de diciembre fría y blanca. El cierzo silbaba y doblaba las ramas, y la niebla era tan espesa que apenas dejaba ver. Difícilmente podía leerse, el cartelito que rezaba «Mago de Oz», a no ser que estuvieras justo debajo.

El tranvía apareció en la parada como un fantasma, como el trineo de Papá Noel, e igualmente lleno de regalos: Todos los pasajeros bajaron, cargados con bolsas y cajas  decoradas con lazos brillantes; todos salvo una persona, que traía las manos vacías y contemplaba a los demás con algo de envidia.

Acababa de regresar de clase, o del trabajo, quizás. Tenía una cara corriente, una ropa corriente, un aspecto corriente… A simple vista, era una persona como cualquier otra. Podrías ser tú.

En su casa le esperaban sus propios regalos, aún diseminados bajo el árbol. Pero le entristeció pensar que no eran tantos ni tan bonitos como los que veía que llevaba la gente a su alrededor. Se sentó en la parada, con aire alicaído, y allí se quedó… hasta que un cálido aroma le sacó de su ensimismamiento: una ancianita había aparecido entre la niebla, y llevaba un cono repleto de castañas asadas.

«Pareces triste», le dijo la ancianita, acercándose. «Toma estas tres castañas: una para Melchor, otra para Gaspar y otra para Baltasar. Si las entierras entre este parque y el lago, puedes pedir un deseo y se cumplirá. Pero asegúrate de pedir el deseo adecuado…».

No sabía si creérselo, pues había vivido en aquel barrio toda su vida y jamás había oído nada semejante. Pero pensó que no tenía nada que perder, así que enterró una castaña allí mismo, bajo una de las farolas rojas del parque. La segunda la plantó junto a una acacia, y la tercera, más lejos, bajo un pino cercano al lago, con vistas al barco pirata.

*Ilustración de Marta Martínez

Enterró una, dos, y tres veces, y pidió uno, dos y tres deseos.

¡Y funcionó!

Su casa se llenó de los adornos más brillantes, de los postres más deliciosos y los regalos más caros. Sin embargo, seguía sintiendo que le faltaba algo.

Año tras año, regresaba a la misma farola, a la misma acacia y al mismo pino, enterraba tres castañas más y pedía sus deseos. Era incapaz de comprender por qué, si todos ellos se cumplían, sus Navidades seguían siendo tan tristes como la primera vez.

No siempre había sido así, pensó. La Navidad solía ser su época favorita del año. Intentó recordar por qué. Para su sorpresa, no acudieron a su mente ni adornos brillantes ni regalos caros ni ninguna de las cosas que había estado deseando. Lo que hacía que añorase las Navidades eran recuerdos más sencillos: esa manta calentita, bordada con camellos y estrellas fugaces, con la que se acurrucaba en días fríos como aquel; la cena en casa de sus abuelos, que eran vecinos suyos y vivían en una calle que se llamaba como la película favorita de su padre; el aroma dulce del pastel que preparaba su tía cada Nochebuena…

Entonces lo comprendió: al poder desear cualquier cosa que le faltara, había olvidado disfrutar de todo aquello que sí tenía.

Desde entonces, no ha pedido más deseos. En su lugar, cada Navidad se tapa con su mantita, cena en casa de sus abuelos y se sirve una enorme porción del pastel de su tía. Después, compra unas castañas en la tienda del barrio, las asa en su chimenea y pasea con ellas por la parada de Mago de Oz. Allí, cuenta su secreto a quienes considera que necesitan oírlo, pero advirtiéndoles siempre, como hizo la anciana, de la importancia de pedir el deseo adecuado.

Muchos no le prestan atención, pues tiene una cara corriente, una ropa corriente, un aspecto corriente… A simple vista, es una persona como cualquier otra. Podrías ser tú.

O podría ser yo.

 

(Valdespartera).