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‘Un misterio real’ de Javier Vázquez

Si no hubiera nacido con ese bigote, Telesforo Pedales se habría llamado Gaspar.  O a lo mejor Melchor.  O quizás Baltasar.  Más que nada porque vino al mundo la noche del 5 al 6 de enero a las tres y treinta y siete de la madrugada.  Una hora menos en Canarias y unas cuantas más en Oriente.

La enfermera se desmayó en el parto al ver que la criatura lucía ya semejante mostacho.  Pero al ver que nacía bien guapote y bien lozano, su tío David dijo: “Tiene cara de llamarse Telesforo”.  “¡Como el tatarabuelo!” –palmoteó toda contenta la tía Edgarda. 

Y era verdad que el tataranieto se daba un aire a su antepasado.  Y como él, también se dedicó a construir bicicletas.  Las del tatarabuelo tenían una rueda enorme y hacía falta una escalera para subirse a ellas.  Eran tan grandes que costaba moverlas.  Las de Telesforo, sin embargo, eran ligeras y veloces y, a veces, llegaban a los sitios antes que sus conductores.

Tanta fama tenían sus bicis que la gente hacía fila en el taller que Telesforo tenía en el parque José Antonio Labordeta.  Todos querían alquilar una de aquellas bicicletas relucientes para dar un paseo y saludar a don Alfonso, que respondía inclinando la cabeza y llevándose la mano a la corona. 

Telesforo, el de las bicis, era una celebridad en aquel parque grande tan lleno de vida.  Cada día, cuando iba a trabajar, una princesa con tirabuzones le esperaba para darle los buenos días al lado de la fuente de Neptuno.  Al pasar por el quiosco de la música, una orquesta de marionetas le dedicaba una mazurca y, al llegar al jardín botánico, cuatro señoritas cursis hacían girar sus sombrillas como en un truco de magia.  Y en un abracadabra, se escapaban de su tela cuatro cisnes blancos que salían volando hacia el estanque.  En el agua dormía el reflejo de un reloj que, años atrás, había decidido parar el tiempo.

Con puntualidad aragonesa, cuando Telesforo se disponía a abrir cada día la puerta de su almacén, se escuchaba a lo lejos la campana del tren que recorría el parque.  Pero aquel 5 de enero, a punto de celebrar su cumpleaños, todo era distinto.

*Ilustración de Alberto Gamón

Al cruzar el puente no vio a los cantantes poetas que solían regalar sus versos a los viandantes.  Y tampoco escuchó la mazurca de la orquesta en el quiosco; ni estaba Neptuno en lo alto de su fuente.  No había princesas, ni trenes, ni cisnes…  ¡Hasta don Alfonso había desaparecido! 

Al abrir su taller, Telesforo se quedó patidifuso.  Alguien había entrado por la noche y lo había revuelto todo.  ¡Faltaban sus mejores bicicletas!  Las más relucientes, las más veloces.  Y por si fuera poco, el olor denso de la grasa de aceitar las bicicletas se confundía con un aroma penetrante que iba ganando intensidad según avanzaba el día.  Nadie más parecía notar aquella fragancia que lo estaba invadiendo todo.  A través de la nariz se había instalado ya en su cabeza y, allí, chispeaba con fuerza iluminándole los ojos y la sonrisa.

El reloj del estanque en el jardín botánico volvió a sonar después de años de silencio.  “Tan, tan, tan…”  Nueve campanadas marcaron la hora.  ¡De pronto, la orquesta de marionetas tocaba villancicos!  ¡Y se escuchaba el tren a lo lejos!  ¡Y una niebla cálida lo envolvía todo!  Y entonces los vio. 

Por la avenida principal, flotando sobre el suelo entre la niebla, elevándose hacia el cielo, desfilaban todos sus amigos.  Saludaban sonrientes y, tras ellos, don Alfonso abría paso majestuoso a tres magos del Oriente que pedaleaban en tres bicicletas relucientes y veloces por encima de los tejados de Zaragoza.  Cada vez que sus capas se agitaban en el cierzo, crecía aquel olor evocador y sorprendente.

Y entonces lo supo.  Aquél era el aroma de los sueños.

 

(Parque José Antonio Labordeta).